TIEMPO DE PLACER

Jamás imaginé que tu venerable silencio, escultura de manos que destilan un antiguo deseo, respondiera al temblor ingrávido de mi cuerpo desnudo. Desde aquel instante, cada día moldeo una ilusión con la paciencia del amante que presiente el incendio: un tiempo de fascinaciones sensuales, de pieles aún no descubiertas que hierven de pasión y de promesas que laten bajo la superficie de cada explosión de placer.

Pero el animal que habita en mi cuerpo, indómito, nómada de huesos desnudos y respiración febril, desgarra cualquier prudencia acordada. Cabalga por mi sangre tu deseo, derriba calendarios y convierte en urgente todo aquello que tú y yo todavía no hemos vivido.

Esa hermosa sinrazón tamiza nuestro porvenir mientras un hatillo de caricias, apenas contenidas, deshilacha las fronteras de nuestro placer. Ya no recuerdo quién fui antes de imaginar la tibieza de tu cuerpo acercándose al mío, ni el lento vértigo de una distancia destinada al gozo carnal.

«¿Recuerdas aquel verano de playa y espliego?», te preguntaré alguna vez.

Y entonces sentirás que la distancia entre tú y yo cabe en una sola respiración; que los días dejan de pertenecernos por separado para escribirse sobre un mismo calendario. Mi imagen encontrará refugio en la tuya, que   incendiará mi cuerpo con esa recíproca vitalidad que sólo conocen quienes se desean antes incluso de conocerse.

Entonces rodearé tu figura con una cadena de calientes latidos, recorreré con mi lengua la elegante geografía de tu cuerpo como quien aprende un poema de memoria, y dejaré que mis manos escriban, muy despacio, en tus senos aquello que mis labios han callado durante tanto tiempo.

Sobre tu boca depositaré una selección de mis mejores poemas y sobre tu piel, los versos que jamás me atreví a pronunciar. Y en el silencio que siga a ese encuentro, comprenderemos que hay deseos cuyo lenguaje no necesita palabras, porque nuestros cuerpos, empapados de sudor, los recitarán mientras explotamos en un orgasmo de placer.

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