(En recuerdo de la «hazaña» de Matiño en 1995) (Es real de la primera a la última palabra)
Un sudor frío y pegajoso le recorría el cuerpo de arriba abajo. Acababa de despertarlo una pesadilla de las que parten la cabeza en dos y espantan a Pedro Chosco para el resto de la noche.
Hacía ya varios meses que Matiño dormía mal. Llevaba noches enteras en vela, robándole horas al sueño con un único propósito: dar a conocer su obra a las figuras más destacadas de la cultura gallega.
Aquella se había convertido en una auténtica obsesión. Él se creía todo lo que leía en la prensa y escuchaba en la televisión.
—Desde nuestra editorial vamos a apoyar a los autores que no encuentran sitio en las grandes editoriales.
—No publicaremos a los de siempre. Queremos descubrir voces desconocidas y rescatar libros de gallegos dispersos por el mundo que nunca han tenido una oportunidad.
Cada vez que leía algo parecido, allá iba Matiño. Como un testarudo, no paraba hasta encontrar la dirección de aquella editorial o de aquel escritor tan prometedor.
—¡Otro paquetito más! ¡Y otra fortuna en sellos, carajo!… Pero qué más daba.
—Esta vez sí que contestan. Esta mujer sabe lo que es luchar en silencio, lejos de todo el mundo, sin que nadie vea el esfuerzo que cuesta seguir escribiendo.
Y otro paquete más. Y otro. Y otro.
Así pasaba las noches Matiño.
Cerca de doscientos paquetitos —que se dice pronto— con libros y cartas en las que pedía un hueco en esas listas de «poetas jóvenes»… que, curiosamente, siempre acababan siendo los mismos. O, al menos, una opinión. Una frase. Unas pocas palabras que le sirvieran de refugio para no desfallecer en aquella interminable búsqueda del reconocimiento literario.
Y aquella noche, la mágica noche de San Juan, entre escalofríos y temblores, despertó bañado en sudor.
Acababa de soñar que el cartero dejaba, por fin, una carta de un buen amigo en su buzón.
Y después Matiño soñó que soñaba.
Al día siguiente preparó otros diez paquetitos de libros.
Porque, al fin y al cabo, la esperanza siempre ha tenido muy mala costumbre: negarse a rendirse.
«Que nunca te falten motivos para sonreír, personas que te quieran de verdad y sueños que te hagan levantarte con ilusión cada día».
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