DESCUBRIMIENTO DE LOS POETAS DE MI TIERRA

Si tengo algún lector, que yo creo que sí, sabrá que mi fascinación por la lírica gallega comenzó allá por mis veinte años, en este Madrid eritematoso, una tarde de primavera lleno de dudas y de nuevos deseos.

Recuerdo que aquel día entré en el despacho de mi padre en busca de un libro que pudiera resolver aquella incertidumbre, enredada como un ovillo sexual que ninguno de mis amigos sabía desenmarañar. El sexo, por entonces, ocupaba el noventa y nueve por ciento de nuestros pensamientos. Hoy… mejor vayamos al cuento.

Yo tenía bien localizados los libros que en aquel momento me interesaban, pero había que engatusar a la familia y guardar las apariencias hablando de algún libro de cultura general para un supuesto trabajo de alguna asignatura de la carrera de Filología. En aquel juego de tretas y medias verdades di un codazo a un libro que dormía sobre la mesa de mi padre. Cayó al suelo junto con varios volúmenes más, unos cuantos lápices y bolígrafos y también el calendario que marcaba el paso de los días de mi padre.

Me llamó la atención un libro de color verde oscuro. Un verde como el que, desde hace siglos, toman las ventanas de los pazos y de las casas rurales de la hierba recién humedecida por el rocío. Lo cogí y empecé a hojearlo despacio. Sus páginas estaban repletas de pequeñas anotaciones escritas con una letra diminuta y muy clásica. «Son de mi abuelo, seguro», pensé entonces. Allí había sugerencias, versos subrayados una vez; otros, hasta ocho; pequeños recortes de prensa y mil fragmentos de otras tantas tardes empapadas de lectura.

¡Bendita antología de Varela Jácome! Allí estaba reunida la poesía gallega más importante.

Me senté en una escalera de mano y me puse a leer. Allí conocí a Airas Nunes, a Pero Amigo, a Fermín Bouza Brey, a Ramón Cabanillas, a Álvaro Cunqueiro, a Curros Enríquez, a Valentín Lamas Carvajal, a Meendinho, a Manuel María, a Otero Pedrayo, a Pondal… Y por primera vez leí a nuestra ya conocida Rosalía sin aquellos ropajes de la vieja escuela trasnochada que nos impedían conocer de primera mano el verdadero sentir de aquella mujer, reducida siempre bajo el paternalista calificativo de «pobriña».

Después de colocar cuidadosamente todo lo que había tirado al suelo, vi que el calendario me mostraba una fecha que desde entonces resultó inolvidable para mí: diecisiete de mayo.

Desde aquel día podrán haberme arrancado físicamente de mi tierra; pero, gracias a los versos de los poetas gallegos, jamás podrán arrancar de mí esa tierra de lluvia y de sosiego.

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