Quisiera olvidar aquella desmesurada obcecación, pero una marea de segundos, ebrios y torrencialmente despiadados, se precipita sobre mí perfilando en la semilla de mi memoria una silva de guadañas.
Esclavo de una cadena de enajenadas migraciones, no logro romper el filo de la intrahistoria que ahíta de encarnadas pupilas sobrevoló nuestra encrucijada, y despierto todas las noches masticando una acumulación de pretextos incapaces de horadar el insondable secreto de tu ignota biografía.
Tu aliento, presente en todas mis fatigadas superficies, dogmatiza cualquier postrero vestigio de luz. Tu aliento no puede evitar que se haga irrespirable el espanto de aquellas torpes palabras, y con mis horas desterradas entre cercos desolados alcanzo, exánime y exento de clarividencia, los sótanos de tu mirada.
Afónica mi voz, secreto de una destrucción no vivida, sólo conserva de ti el recordatorio de un deslizamiento por interrogantes y libérrimas simetrías.
Y esta noche, en la libertad del extraño insomne, te escribo estas torpes letras, ahora que se vuelven locos mis papeles, locos por no comprender los inefables mensajes de unos labios ennegrecidos.
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