Cuando obstinado en un verbo tuyo desnudo todos los límites de mi cuerpo, tan solo una remota mirada escruta los entumecidos síntomas de nuestra monotonía. Tus ojos transparentan mis tumultos en límpidos vestigios, y con fugaz pericia se violentan nuestros estáticos párpados. Te miro sin concretar todavía un destino, me susurras al oído una elegía de soluciones, aunque invernales coartadas cercenan mayestáticamente el sosiego de nuestra leyenda. Hirsutos fantasmas dormitan en el regazo de aquella tarde. Y ya en la fatiga de mi levedad, tras una postrera transición, múltiples arrugas surten de mis cárdenos bosquejos: todas mis apócrifas mentiras tornan a naufragar en una marea de insólitas hipótesis.
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