ANSIEDAD POR TRIUNFAR

Irene Vallejo, por lógica, ha vuelto a dar en el clavo: la ansiedad por triunfar ahuyenta el placer y anula el talento.

Muchos escritores, y otros tantos creadores de cualquier manifestación artística, han vivido una relación destructiva con el éxito: no solo deseaban ser leídos, sino que llegaron a depender emocionalmente del reconocimiento. Cuando el triunfo no llegaba —o cuando llegaba y no era suficiente— sufrían ansiedad, depresión, bloqueos o conductas autodestructivas.

Por no hacer un listado interminable, cabe mencionar en esa necesidad por el triunfo o por el reconocimiento público a unos cuantos que hoy son admirados mundialmente: Franz Kafka, Ernest Hemingway, Sylvia Plath, Virginia Woolf, Truman Capote o Stendhal.

Después de estudiar el caso de cada uno de los mencionados ―dejando a un lado su reconocida valía en la actualidad― se producen dos situaciones curiosas en la mayoría de ellos:

  • No lograron alcanzar el éxito en vida como Kafka o Plath. Es difícil entender que, en vida de estos autores, no hubiera ninguna voz que levantara su volumen para aplaudir su talento.
  • Alcanzaron el éxito, pero comprobaron o descubrieron que no era suficiente para calmar su ansia de perfección en la escritura, como Hemingway o Capote.

La ansiedad por triunfar es un tema cíclico en la literatura en general. Es propio de todos los tiempos comprobar por parte del escritor que el reconocimiento público de su obra puede convertirse en un baremo de su propia identidad. Y ahora que nos movemos con las redes sociales, no me digan que no es fácil escribir: Jaime López (aquí el nombre de cualquier escritor o crítico conocido) dice que la obra de José María Máiz Togores es malísima.  Y ya puedes combatir contra esa falacia en forma de sinécdoque (la parte por el todo) que la derrota está en tu casillero. Y como hoy «mola mil» resumir: José María Máiz Togores es malísimo. Y punto.

Kafka buscaba el reconocimiento, pero al mismo tiempo dudaba tanto de su obra que pidió que destruyeran sus manuscritos tras su muerte. ¡Menos mal que no le hicieron caso!

Hemingway fue una figura única por su particularidad creativa: alcanzó el máximo reconocimiento, incluido el Nobel, pero la necesidad constante de demostrar que seguía siendo un gran escritor contribuyó a una enorme presión psicológica. Sus últimos años estuvieron marcados por la depresión y el miedo a haber perdido su talento.

Sylvia Plath deseó intensamente el reconocimiento literario toda su vida y sufrió profundamente cuando vio que no llegaba. Su perfeccionismo extremo y la necesidad de validación coexistían con una grave depresión que le llevó al suicidio a los 30 años.

Y Truman Capote, después del éxito inmenso de A sangre fría, conocido por ello como «the toast of New York» («la sensación de Nueva York» o «el hombre de moda en Nueva York»), quedó prácticamente paralizado por la expectativa de superarse. Su incapacidad para terminar nuevos proyectos importantes fue una fuente constante de sufrimiento.

El escritor que deja de escribir «o que lle peta» (en gallego, lo que le place o apetece) para comprender y satisfacer las necesidades del lector, y del público en general, y buscar con ansiedad la adaptación de sus nuevas obras a esos menesteres públicos cae en un error mayúsculo. 

Con las diferencias que cada uno quiera establecer, recuerdo los comienzos de Sabina en tugurios y con un éxito ínfimo. Le decían «los expertos» de la época que las letras de sus canciones eran muy complicadas y que debía simplificarlas. Su reacción fue clara: estoy en el camino correcto. El éxito llegará. ¡Y claro que llegó! ¿Qué hubiera sido de Sabina con canciones «adelgazadas y sedosas»?

El escritor no puede buscar la confirmación de su mérito o trascendencia en cada crítica positiva en la prensa, en cada oleada de ventas de las webs de libros o en la idea malévola de que el juicio de su nuevo libro es un veredicto sobre su persona. Si el fracaso de una obra se convierte en un juicio sumarísimo a la capacidad del autor, la literatura se volvería predecible y temerosa. ¿Quién se atrevería a escribir? Un libro puede ser fallido ―me aconsejan este adjetivo en lugar de «malo»―, aburrido o incoherente, pero eso solo significa que la obra no funcionó, no que el escritor haya perdido su valor o su capacidad de crear.

Hablo de mí y de mi vieja afición a juntar palabras para crear «algo literario» ―no me atrevo a calificarme de escritor― y de la nula repercusión de mi blog www.josemariamaiztogores.com. Reconozco que soy un nefasto vendedor de mi obra, que soy incapaz de publicitar mi blog, en el que tengo colgado en torno a 900 entradas, y que soy el más torpe del actual olimpo literario a la hora de crear una obra para un posible Premio Nadal o un Premio de la Fundación Loewe de poesía.

Tengo 67 años y es una edad complicada. Todo el mundo me dice, el otro día lo hizo una compañera que me quiere mucho, que me quedan 25 años de jubilación. No quiero discutir, pero yo digo que no. Me conozco y sé de dónde vengo. Es un error garrafal esta obsesión por lo que va a vivir el prójimo.

Dado mi triunfalista pesimismo, he caído en un error, en el de la conciencia de la finitud y la catastrofización (carallo con el neologismo) y quiero oír por una vez que lo que escribo tiene un reconocimiento literario. Breve. Mínimo. Raquítico. Me llega. Tampoco llegar al extremo de «pobrecillo, díselo, que se muera en paz». Padezco de inmortansia (neologismo creado por mí), que es el estado de inquietud propio del escritor que, al sentir cercano el límite de la vida, necesita una prueba de que su obra sobrevivirá a él mediante el aplauso de los lectores.

(Inmort-: del latín immortalis («inmortal»), compuesto por in- (negación) + mortalis («mortal»), derivado de mors, mortis («muerte») y -ansia: del español ansia, procedente del latín anxia, femenino de anxius («angustiado, inquieto»), emparentado con la raíz de «ansiedad».)

Me dice mi alter ego que estoy desbarrando, que deje de escribir de madrugada y que me centre en el texto y no en el quinto de Estrella Galicia porque así sería más productivo. Me retiro. ¡Hasta mañana!

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