Las tinieblas de la tierra se desmoronaron tras un aullido de vehementes augurios. En un ceremonial de báculos y enrojecidos credenciales intuí que ella, por primera vez, no me silenciaba. Dos astillas de luz se proyectaron en un mismo tatuaje, instantánea de una noche sosegada. En unos segundos sentí el diapasón de su voz y durante longevos minutos juré no olvidar la nostalgia de nuestro encuentro. Sin embargo, me susurraron al oído que la simbiosis experimentada en aquel tumescente espejo fue una marchita pesadilla, e irremediablemente el pulso de mis arterias viajó como un reloj intemporal a la nieve de mi infancia. Todo fue un periférico simulacro que por unos instantes maniató la mente de un cuerpo preso de ceremonias y encubierto de inéditas creencias.
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Mucho ánimo. 👏 👏