PRÓLOGO PARA «EL SILENCIO LO NOMBRA» (prosa y prosa poética)

Hay libros que nacen del deseo de decir. Otros, en cambio, surgen cuando las palabras comprenden que no pueden abarcarlo todo. Este pertenece a esa segunda estirpe.

Vivimos rodeados de voces, de explicaciones, de certezas apresuradas. Sin embargo, las experiencias que verdaderamente transforman una vida rara vez llegan envueltas en un discurso. El amor, la pérdida, la memoria, el paso del tiempo, la belleza inesperada o el desgarro de la ausencia acostumbran a instalarse en nosotros con la discreción de aquello que no necesita proclamarse. Es entonces cuando el silencio deja de ser vacío para convertirse en una forma de conocimiento.

Los textos reunidos en estas páginas recorren ese territorio donde las palabras no pretenden imponer un significado, sino acercarse a él con humildad. Cada poema, cada fragmento en prosa, parece buscar la grieta por la que asoma aquello que permanece oculto bajo la superficie de lo cotidiano. No ofrecen respuestas concluyentes; proponen una escucha. Invitan al lector a demorarse, a aceptar que hay verdades que solo se revelan cuando cesa el ruido.

El título de este libro encierra una paradoja que pronto deja de serlo: el silencio también nombra. Lo hace cuando una mirada sustituye a una explicación; cuando un recuerdo regresa sin anunciarse; cuando una ausencia adquiere más presencia que cualquier compañía; cuando el paisaje, la luz o la lluvia dicen aquello que el lenguaje apenas alcanza a insinuar.

Quizá esa sea la tarea última de la poesía: no explicar el misterio, sino acercarnos a él sin despojarlo de su condición de misterio. Nombrar no consiste únicamente en pronunciar una palabra, sino en reconocer una verdad. Y hay verdades que solo aceptan ser pronunciadas desde la quietud.

Este libro invita precisamente a ese ejercicio de atención. No exige una lectura apresurada, sino una conversación íntima entre quien escribe y quien lee. Cada página ofrece un espacio para que la experiencia personal complete lo que el poema apenas sugiere. Porque toda buena poesía queda inacabada hasta que encuentra un lector dispuesto a habitarla.

Al cerrar estas páginas, tal vez descubramos que el verdadero protagonista nunca fue el silencio. Lo fue aquello que, gracias a él, por fin encontró un nombre.

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