Durante mucho tiempo, perseguí una idea de perfección imposible. Pensaba que antes de declarar un sentimiento debía estar seguro de todo de mis palabras, de mis gestos, incluso de mi futuro. Con esa exigencia silenciosa, cada conversación se volvía un examen y cada emoción debía pasar por un filtro interminable. El resultado fue previsible, nadie puede vivir a la altura de una perfección imaginaria y, mientras yo esperaba ser mejor, la vida seguía ocurriendo sin mí. Con los años descubrí algo más simple: el amor real es imperfecto, torpe, lleno de frases mal dichas y momentos confusos, pero también es valiente porque aparece, aunque uno no esté completamente preparado. Tal vez entender eso tarde fue doloroso, pero también liberador porque desde entonces ya no busco decir lo perfecto, solo intento decir lo verdadero cuando todavía queda tiempo para que alguien lo escuche cerca, sin miedo antiguo, cerrando vez la boca.
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