Las canas aparecen despacio, casi con educación. Una mañana descubres algunas en el espejo y entiendes que el tiempo ha seguido trabajando sin pedir permiso. No traen solo edad, también traen una mirada distinta sobre lo vivido. Cosas que antes parecían fracasos absolutos empiezan a verse como rodeos necesarios, decisiones que parecían urgentes pierden importancia y ciertos silencios dejan de doler tanto porque uno comprende el miedo que los produjo. Cuando me observo ahora, veo a alguien que todavía aprende, pero que ya no necesita demostrar tanto. Tal vez, esa sea una de las ventajas discretas del tiempo, permitir que la vida se entienda con menos dramatismo y más curiosidad tranquila, como si cada recuerdo fuera una página que por fin puede leerse sin prisa, ni culpa excesiva, solo con la atención serena de quien sabe que todo pasó para algo, aunque ese algo tarde años en mostrarse al fin.
Visitas: 0