Durante mucho tiempo pensé que la valentía era algo espectacular, un gesto rotundo, una frase perfecta pronunciada en el momento justo. Con los años entendí que a veces la valentía es mucho más sencilla. Es decir, te quiero antes de que el miedo invente una excusa. Es quedarse cuando todo dentro pide retirarse. Es aceptar que uno puede ser rechazado y aun así hablar. Yo tardé demasiado en aprender esa forma simple de valor. Siempre encontraba una razón para esperar un día más una señal más una seguridad imposible. Y mientras buscaba esa certeza absoluta el tiempo avanzaba sin pedir permiso. Cuando por fin comprendí que la valentía también puede ser torpe ya había dejado pasar muchas ocasiones. Aun así, entender tarde sigue siendo entender porque desde entonces cada palabra dicha a tiempo vale más que cien silencios elegantes que solo protegen el miedo antiguo que un día decide soltar.
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