El murmullo de una cíclica premonición, indomable por la ansiedad de tu equilibrio, la parsimonia de mi pulso marchito se precipita mayestáticamente, y, aunque la desnudez de tu promesa sepulta el tremor de mis fronteras, la infancia que me despierta todas las madrugadas te descubre sin ningún extraño ropaje los síntomas de una soledad vulnerada.
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