Presumes iluminar tus tinieblas tras una reconversión dinámica y preconcebida, pero tus circunstancias se estremecen cuando una onírica mano te detiene el pulso y su mirada no logra cercenar el eje de tu sombra. Piensas en ella con obsesión pleonástica, mas los escrúpulos de tus deducciones ocupan ya demasiado espacio de otra estática ficción, y en ese mismo instante respiras voluntariamente los hálitos de la pasividad para así bloquear la víspera de tu despertar.
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