TU PIEL

Quise tocar tu piel con mi aliento. Me miraste con una desidia propia del hartazgo que produce en ti el pulso de un inmaduro envejecido. Pronuncié mil disculpas en un torbellino de placeres efímeros que te recordaron, lo vi en tu mirada, nuestro primer encuentro en aquella destartalada habitación de la Gran Vía madrileña. De ti todo me excita, dije en aquella ocasión, desde el largo túnel de tu calculada ambigüedad hasta el reflejo que provoca tu pecho cuando se desmorona sobre mi frente al son de una vertiginosa melodía de cuerpos embriagados.

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