Mi camino está repleto de interminables vericuetos, edificios en ruinas y un exceso de velados amuletos. Todos ellos en el centro de mi pecho, unos me protegen de los ataques de cordura, otros me desnudan sin reservas y muestran un espíritu inerte y maltrecho. Todos ellos, perforando nubes y estrellas, se lanzan sobre mí para blindar en mi interior una calma infinita y sanar entre álamos de fe la llaga de mi cicatriz.
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