Hay un reloj lento dentro de mí que no marca las horas, sino las ausencias. El tiempo no pasa, se escurre entre las manos como arena mojada, como recuerdos que ya no quieren quedarse. A veces la soledad se sienta conmigo al borde de la cama, no dice nada, pero lo sabe todo. Me mira como quien mira una casa vacía donde antes había fuego y risas, y hoy tiembla por un nombre pronunciado en voz baja. Del desamor no se muere, dicen, pero queda un pequeño invierno viviendo en el pecho, un frío que no se marcha ni cuando llega abril. Y yo sigo aquí, aprendiendo a vivir con el silencio, con el tiempo, con la sombra de lo que ya no vuelve.
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