Sentado en el regazo de tu pétrea herida en una encrucijada de caminos, te ruego, hijo de la tierra de Breogán, te ruego, desvalido y lloroso, como una mariposa en el crudo invierno, como el perro que olvidó el fuego de su hogar. A la orilla de tu sombra calmo mi corazón con tu voz cariñosa, pues tus santas palabras entierran de un golpe el lento veneno que como un río de tristeza amarga anegaba, desde hace tiempo, mi risueño cantar de estrellas.
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