Pensando siempre en tu pasado sufres con generosidad sus catódicas descargas, y proteges tu entorno afectivo tras una invisible pero tangible almadura que te eterniza en un ser adánico. Sin embargo, tu cerebro se obstina en seguir un itinerario de quiméricas banalidades. La tensión que mana de tu axial fingimiento se precipita densamente sobre mis oídos y padecemos taxativamente el volumen de nuestra debilidad, paradigma de una fronteriza metamorfosis. Entonces, yo, impasible ante tu búsqueda, veo estallar en tus ojos un cautiverio, y las violetas que oprimen mis manos sólo ratifican la ausencia que a ti me acerca, y una mirada, una caricia, un uniforme de vuelos, en la negra pulcritud de tu eclipse nos devuelven provisionalmente la luz.
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