Cuando me mirabas, me quedaba en blanco. ¿Recuerdas? Insomne por llegar en primero a clase y poder ocupar aquella silla junto a ti y que era el deseo de muchos. Me temblaban las manos, se humedecía el papel de mis futuros apuntes, respiraba entrecortado y era incapaz de mirarte a los ojos. ¡Cómo pude mostrarme tan inmaduro! Y aún así tú me saludabas con una sonrisa tan blanca que simulaba un zumo recién exprimido por las mañanas. No te tocaba, pero te besaba en mi imaginación; no te hablaba, pero te deseaba muchísimo. ¿Cuántos días te va a soportar ella?, me decía por las noches. Y, otra vez, desvelado. En esa ocasión por una turbulencia emocional que me dejaba exhausto y con la habitación llena de ígneas culpabilidades.
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