Impregnado de alborozados sueños y fortalecido por el bullicio de nuestra desnuda doctrina, peregrino por un espacio de gestos residuales e intuitivamente camino en busca de aquella volátil fricción que, ayer, en la intemperie nocturna, libó la sangre de nuestra monotonía. Gestualmente quise esculpir en mi rostro la vigilia de otro delirante boceto, pero, una vez más, unas umbráticas manos volvieron a quemar mi rancia expiación. Un solo segundo de lacerante sopor fue capaz de fulminar, sin más, la sardónica esperanza humana que habitaba en mi rudimentario corazón.
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