DESAPARECER

Aún sigo huyendo. Adivino que me persigues. Mi ventana es un secreto a voces, pero prefieres esperar en el alféizar de un sueño desmesurado.

Quieres hablarme. He dejado de leer. Te presto atención. Tus palabras suenan huecas y vacías. Nada dicen, pero me prometes la vida. Te creo.

Abro la ventana sin mover las manos. Entras como entra la noche: sin permiso y sin hacer ruido. No traes respuestas, solo el eco de preguntas que olvidé formular hace mucho. Aun así, te hago un sitio.

Me hablas de un lugar donde nadie necesita escapar porque nadie recuerda el nombre del miedo. Lo describes con la precisión de quien nunca ha estado allí. Yo asiento. La mentira, cuando se pronuncia despacio, termina pareciéndose a la esperanza.

Entonces sonríes.

Comprendo que nunca me perseguías. Caminabas detrás de mí para recoger las partes de mí que iba perdiendo en la huida. Las llevas entre las manos como si fueran pájaros heridos.

Quisiera darte las gracias, pero mi voz también se ha quedado en algún camino.

Así que te dejo entrar del todo.

Y, por primera vez, la puerta me parece una forma más elegante de desaparecer.

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