LOS PIMIENTOS DE PADRÓN Y EL PULPO Á FEIRA

Hay comidas que alimentan el cuerpo. Y hay otras que alimentan la memoria.

Cada vez que veo un plato de pulpo á feira rodeado de cachelos y una fuente de pimientos de Padrón recién fritos, no pienso primero en el sabor. Pienso en las personas. Porque nunca recuerdo estos platos sobre una mesa para dos. Siempre aparecen rodeados de familia, de amigos, de voces que se pisan unas a otras y de esa alegría tranquila que solo nace cuando nadie tiene prisa por levantarse.

El pulpo llega humeando, todavía brillante por el aceite de oliva. El pimentón dibuja sobre él un rojo que parece hecho para abrir el apetito incluso al que acaba de jurar que ya no puede comer más. La pulpeira mueve las tijeras con una destreza que parece un baile aprendido hace muchas generaciones. Cada corte cae en su sitio, como si las manos recordaran solas lo que tienen que hacer.

El pan espera al lado. Nunca como el primer trozo de pulpo sin mojar antes un pedazo de miga en ese aceite teñido de pimentón. Ahí ya empieza el banquete.

Después llegan los pimientos. Verdes, brillantes, todavía cantando en el plato por el calor de la sartén. Siempre hay alguien que dice riendo que unos pican y otros no. Y siempre aparece el valiente que asegura que a él nunca le toca uno de los bravos… hasta que le toca. Entonces todos nos reímos mientras busca el vaso de vino como si en él estuviera el remedio para todos los incendios del mundo. Qué pequeñas eran aquellas felicidades. Y qué inmensas.

Recuerdo comidas que parecían no terminar nunca. Fuentes de pulpo que desaparecían para volver llenas otra vez. Cestas de pan que siempre encontraban una mano dispuesta a vaciarlas. Pimientos que iban desapareciendo sin que nadie llevara la cuenta. Y yo… yo comiendo con un entusiasmo que hoy me hace sonreír. Más de una vez terminaba con un empacho de los que obligaban a desabrochar un botón del pantalón y prometer, muy convencido, que no volvería a repetir.

Mentía. Al domingo siguiente hacía exactamente lo mismo. Y era feliz.

Porque la felicidad tiene muy poco que ver con la medida. A veces consiste precisamente en olvidarse de ella durante unas horas.

Mientras la conversación va saltando de un recuerdo a otro, miro las caras que me rodean. Algunas tienen más arrugas que antes. Otras ya solo viven en mi memoria. Pero cuando cierro los ojos vuelvo a escucharlas todas al mismo tiempo. Las bromas, las discusiones sobre si el pulpo estaba más tierno el año pasado, las recetas imposibles, las historias repetidas cien veces y celebradas como si fueran nuevas.

Comprendo entonces que el verdadero secreto de estos platos nunca estuvo en el pimentón, ni en el aceite, ni siquiera en la calidad del pulpo o de los pimientos. El secreto siempre estuvo en la mesa. En compartir.

En alargar la sobremesa hasta que la tarde se confundía con la noche.

En marcharse a casa con el estómago demasiado lleno y el corazón todavía con más sitio para los recuerdos.

Hoy vuelvo a probar un trozo de pulpo. Después un pimiento. Sonrío para mis adentros. El sabor sigue siendo magnífico. Pero lo que de verdad me alimenta no está en el plato. Está en todas las personas con las que, a lo largo de la vida, tuve la inmensa suerte de sentarme a comerlo.

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