LA VIRGEN PEREGRINA EN BERTAMIRÁNS

Hay días en los que uno no necesita mirar el calendario para saber que son distintos. Basta abrir la ventana. El aire trae un olor nuevo, las campanas repican de otra manera y hasta la luz parece detenerse un poco más sobre las fachadas de las casas.

Hoy es uno de esos días.

Todavía hay vecinos colocando flores, moviendo bancos y saludándose como si el tiempo transcurrido desde la última fiesta hubiera sido apenas una semana. En los pueblos ocurre ese milagro. Los años pasan, pero las personas vuelven a encontrarse exactamente donde dejaron la conversación.

Espero. No tengo prisa.

Sé que dentro de un momento aparecerá la Virgen Peregrina y, aunque la he visto tantas veces, siempre siento el mismo estremecimiento.

No sabría explicar de dónde nace esta devoción.

Tal vez empiece cuando soy niño y veo a mi madre persignarse con una naturalidad que nunca necesita explicaciones. Tal vez nazca al escuchar a mi abuela decir que hay caminos que se recorren con los pies y otros que solo puede recorrer el corazón. O quizá nazca simplemente aquí, entre estas caras conocidas, donde la fe se mezcla con los recuerdos de toda una vida.

Las campanas anuncian la salida. Entonces el murmullo desaparece. No hace falta que nadie pida silencio. Llega solo.

La imagen avanza despacio entre flores blancas y cirios encendidos. Hay quien reza en voz baja. Hay quien no dice nada y simplemente la mira pasar. Yo tampoco encuentro palabras. Algunas emociones se estropearían si intentara explicarlas.

Mientras camino detrás de la procesión voy reconociendo rostros. El hombre que fue panadero. La mujer que siempre tenía una sonrisa para los niños. El matrimonio que nunca faltó a una fiesta. También faltan muchos. Y precisamente por eso hoy los siento más cerca. En una procesión nunca caminan únicamente quienes se ven.

Nos acompañan también quienes siguen viviendo en nuestra memoria.

El incienso deja un aroma dulce suspendido en el aire. Se mezcla con el de las hortensias, con el de la hierba recién cortada y con esa humedad tan nuestra que parece abrazarlo todo sin hacerse notar.

Miro a la Virgen y, por un instante, vuelvo a ser aquel muchacho que creía que el mundo entero cabía entre la iglesia, la plaza y el camino de regreso a casa.

Qué poco necesitábamos para sentirnos felices.

Una fiesta. Unas campanas. Una mano amiga sobre el hombro.

Y la certeza de pertenecer a un lugar donde todos conocían nuestro nombre.

Cuando la imagen vuelve a entrar en el templo, las campanas repican otra vez. No siento que termine una celebración.

Siento que se renueva una promesa silenciosa. La de regresar siempre. Porque hay devociones que no se aprenden en los libros. Se heredan. Y mientras alguien las siga llevando dentro, nunca dejarán de caminar con nosotros.

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