Llego a A Lanzada cuando la tarde empieza a rendirse. No tengo prisa. Nunca la tengo cuando vengo aquí. Hay lugares donde el reloj pierde toda su importancia y el tiempo vuelve a medirse como lo hacían nuestros abuelos: por la altura del sol, por el viento que cambia de dirección o por el color que va tomando el mar.
La arena todavía guarda el calor del día. Camino descalzo y siento cómo cada paso deja una huella que el agua se apresura a borrar. Me gusta pensar que el mar hace eso con todos nosotros. Nos deja creer que permanecemos, pero al final acaba llevándose nuestras pisadas para que otros puedan empezar las suyas.
Frente a mí, el océano parece infinito. No hay edificios que distraigan la mirada ni montañas que interrumpan el horizonte. Solo agua, cielo y ese rumor constante de las olas que nunca se cansan de llegar. Las escucho una detrás de otra, iguales y distintas al mismo tiempo, como las generaciones de una familia.
El sol comienza a bajar muy despacio. Primero se vuelve dorado. Después aparece un naranja encendido que tiñe las nubes como si alguien hubiera acercado una brasa al cielo. Más tarde llega un rojo sereno, casi antiguo, que convierte el mar en un espejo donde caben todos los recuerdos.
A mi alrededor hay más gente. Una pareja se sienta sobre una roca sin hablar. Un niño corre detrás de las gaviotas convencido de que alguna acabará esperándolo. Un hombre mayor contempla el horizonte con las manos en los bolsillos y una calma que solo se aprende después de muchos años. Nadie parece tener ganas de romper el silencio.
Me doy cuenta de que en Galicia sabemos callar delante de la belleza. No hace falta explicarla. Basta con compartirla.
El aire trae olor a sal, a algas y a esa humedad limpia que anuncia la llegada de la noche. Respiro hondo. Ese olor despierta una memoria que no sabía que seguía dentro de mí. Me veo de niño, con los pantalones remangados, construyendo castillos que la marea derribaba sin pedir permiso. Nunca me enfadaba. Sabía que al día siguiente volvería a empezar. Quizá sin darme cuenta ya estaba aprendiendo una de las lecciones más gallegas: aceptar que todo cambia sin dejar de quererlo.
El sol toca el horizonte. Durante unos segundos parece quedarse inmóvil, como si también él dudara antes de marcharse. Después desaparece despacio, sin estridencias, dejando una franja de luz que tarda en apagarse.
Nadie aplaude. Nadie levanta la voz. Solo se escucha el mar. Y ese silencio vale más que cualquier palabra.
Empieza a refrescar. Me abrazo a mí mismo sin pensar y sigo mirando el lugar donde hace un instante estaba el sol. Qué extraña costumbre tenemos los seres humanos de contemplar aquello que acaba de desaparecer.
Entonces comprendo que la morriña quizá sea eso.
Seguir mirando un horizonte donde ya no queda nada visible, pero donde uno sabe que permanecen todas las cosas que ha amado.
Cuando me marcho, el cielo ya es de un azul oscuro sembrado de las primeras estrellas. Camino despacio sobre la arena húmeda.
No siento que deje atrás una playa. Siento que dejo atrás un instante que volverá a esperarme, paciente, cada vez que necesite recordar quién soy.
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