No sé por qué elijo este camino. Hay otro más ancho, mejor asfaltado y con farolas que acompañan hasta la carretera principal. Sin embargo, mis pies vuelven siempre por aquí, entre robles viejos, muros de piedra cubiertos de musgo y helechos que parecen querer cerrar el paso a quien no pertenece a este lugar.
La noche cae despacio en Galicia. No se hace de golpe. Primero desaparecen los colores. Después se apagan los perfiles de las montañas. Luego llega ese instante en el que todo sigue estando delante de uno, pero ya no puede verse. Solo adivinarse.
Camino despacio. La grava cruje bajo las botas. A mi izquierda escucho correr un regato. No lo veo, pero conozco ese sonido desde niño. El agua nunca necesita luz para encontrar el camino.
El aire huele a tierra húmeda, a hojas caídas y a leña encendida en alguna casa lejana. De vez en cuando llega el ladrido de un perro que no conozco. Después vuelve el silencio. Un silencio tan profundo que casi parece tener respiración.
Entonces aparece. El cruceiro.
No surge de repente. Siempre estuvo ahí. Soy yo quien tarda en descubrirlo.
La cruz se levanta sobre los viejos peldaños de piedra como si llevara siglos esperando exactamente este momento. El musgo le dibuja manchas verdes que la hacen parecer aún más antigua. Una fina capa de humedad la cubre entera y la luz de la luna, que consigue abrirse paso entre las nubes durante apenas unos segundos, convierte el granito en plata.
Me detengo.
Nunca paso junto a un cruceiro sin bajar la cabeza, aunque nadie me enseñe a hacerlo. Es un gesto que aprendo viendo a los mayores. Igual que aprendí a quitarme la boina delante de un entierro o a guardar silencio cuando doblaban las campanas.
No sé si es fe. Tampoco sé si es costumbre. Quizá sea simplemente respeto.
Recuerdo las historias que escucho en la cocina de mis abuelos durante las noches de invierno. Cuentan que en algunos caminos las almas necesitan una oración para seguir andando. Que hay cruces que protegen al caminante y otras que guardan recuerdos demasiado antiguos para ponerles nombre. Yo escucho aquellas historias fingiendo valentía, pero nunca consigo dormir del todo tranquilo.
Con los años descubro que el verdadero misterio no está en las leyendas.
Está en la memoria.
¿Cuántas personas se detienen aquí antes que yo? ¿Cuántos carros cargados de hierba pasan junto a esta piedra? ¿Cuántos emigrantes le echan un último vistazo antes de marchar hacia América sin saber si volverán? ¿Cuántas madres rezan en silencio por un hijo que anda en el mar?
El cruceiro no responde. Nunca responde. Solo permanece.
Y de pronto entiendo que esa es su verdadera misión.
No espantar los malos espíritus. No proteger los caminos. Sino recordar a los hombres que todo pasa menos aquello que somos capaces de conservar en el corazón.
Vuelvo a caminar. No acelero el paso. Tampoco miro hacia atrás. Hay noches en las que uno comprende que el miedo desaparece cuando deja de sentirse solo. Y en este camino, aunque no vea a nadie, tengo la extraña certeza de que todos los que caminaron antes siguen acompañándome de alguna manera.
Cuando el cruceiro desaparece entre la oscuridad, el viento vuelve a mover las ramas de los robles.
Sonrío sin darme cuenta. Galicia tiene el don de convertir una piedra en un recuerdo. Y un camino cualquiera en un lugar al que siempre deseo regresar.
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