FARO DE FISTERRA

No sé cuántas veces llego hasta aquí y, sin embargo, siempre siento que es la primera. El camino se acaba de repente, como si la tierra se cansara de sostener mis pasos y decidiera dejar el resto en manos del mar. Delante de mí, el faro levanta su silueta blanca contra un cielo que nunca tiene un solo color. Aquí el azul no existe por sí solo. Siempre viene acompañado del gris, del plata, del verde oscuro del océano o del blanco de una espuma que parece no descansar jamás.

Me apoyo en el muro de piedra y dejo que el viento haga lo que quiera conmigo. No intento peinarme ni resguardarme. En Galicia el viento no es un enemigo. Es un viejo conocido que llega sin avisar, te revuelve el alma y se marcha sin pedir permiso.

Miro hacia el horizonte y me pregunto dónde termina el agua. De pequeño me decían que este era el fin del mundo. Yo me lo creía. Imaginaba que, un poco más allá de aquella raya temblorosa, los barcos caían al vacío igual que una hoja seca cuando abandona la rama. Hoy sé que no era verdad, pero hay mentiras tan hermosas que uno decide seguir creyéndolas toda la vida.

Las gaviotas gritan como si quisieran discutir con el mar. El mar nunca responde. Lleva demasiados siglos escuchando a los hombres para perder el tiempo contestando. Solo golpea las rocas una y otra vez, con una paciencia infinita, como quien sabe que todo acaba cediendo.

Cierro los ojos y el salitre se queda pegado en la piel. Huele a infancia. Huele a aquellas excursiones improvisadas de los domingos, cuando bastaban una tortilla de patatas, un trozo de empanada envuelto en papel de aluminio y una botella de vino para sentir que no hacía falta nada más. Nadie hablaba de felicidad. La felicidad simplemente sucedía.

Pienso en los marineros que salieron de estas costas sin saber si volverían. En las mujeres que esperaban mirando al mar, fingiendo una tranquilidad que no sentían. En las madres que aprendían a distinguir el sonido de cada campana antes de preguntar qué barco faltaba. Galicia está hecha también de esas esperas silenciosas. Quizá por eso aquí aprendemos tan pronto que querer a alguien es esperar por él.

El faro enciende su luz antes de que el sol desaparezca del todo. No lo hace porque tenga miedo de la noche. Lo hace porque sabe que alguien, muy lejos, necesita verla. Siempre me emociona pensar que una luz tan pequeña puede significar el regreso de una persona.

Empieza a refrescar. Las primeras sombras se deslizan por las piedras y el océano cambia de color otra vez. Ahora parece de hierro fundido. El viento trae olor a algas, a madera mojada y a ese salitre que nunca se olvida. Respiro despacio para guardar este instante donde nadie pueda arrebatármelo.

Entonces entiendo por qué vuelvo siempre.

No regreso para contemplar un faro.

Regreso para encontrarme con una parte de mí que solo sabe vivir aquí, donde la tierra termina y la morriña empieza.

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