Es un honor invitarte a la puesta de largo de un mapa cartográfico del alma. No escribo simplemente para presentar un libro; quiero abrir una ventana a esos rincones que todos compartimos, pero que pocas veces nos atrevemos a nombrar en voz alta. Hoy abro una obra que late, que escuece y que, al mismo tiempo, consuela: Mañana ya son recuerdos.
Desde su propio título, este libro me plantea una paradoja desgarradora y bellísima. Me recuerda que el presente es un territorio efímero. Lo que hoy me quema las manos, lo que hoy me desvela por la noche, mañana ya será parte de esa materia difusa y sagrada que llamo simplemente memoria. He elegido el formato del poema en prosa para dar vida a estas páginas, y no es una elección casual. La prosa poética renuncia a la rima rígida para darme algo más honesto: el ritmo natural de un corazón que intenta comprender su propio dolor. Es el fluir de la conciencia cuando la casa se queda en silencio.
El viaje que propongo en Mañana ya son recuerdos transita por cinco grandes estaciones que todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos tenido que recorrer.
La primera de ellas es el amor perdido. Ese fantasma que se queda habitando en el hueco izquierdo de la cama, en las tazas de café a medio terminar y en las calles que antes se cruzaban de la mano y que ahora se vuelven laberintos hostiles. Los poemas aquí no idealizan la ruptura; retratan el desgarro de asumir que la mujer que poseía todas mis respuestas ahora es solo una extraña que sabe todos mis secretos.
Ese vacío me conduce inevitablemente a la segunda estación: la soledad. Pero en este libro, la soledad no es solo la ausencia de los demás; es un espejo implacable. Es el momento en el que el ruido del mundo se apaga y me quedo a solas con mis propios ecos. Es una soledad que pesa, que a veces asfixia, pero que también se convierte en el único suelo firme sobre el cual reconstruirse.
Y donde hay soledad y pérdida, habita el dolor. Un dolor que en estas páginas lo siento físico, que se mete entre mis costillas. Sin embargo, la sensibilidad de esta escritura logra algo milagroso: transforma el sufrimiento en belleza. Quiero demuestrar que el dolor no es el final del camino, sino la prueba irrefutable de que estuve vivo, de que arriesgo y de que tuve el coraje de entregarme.
Es a través de esa herida por donde entra la nostalgia. Esa melancolía dulce y amarga que me hace mirar atrás con ternura. En mi libro rescato los instantes diminutos —una mirada, una tarde de lluvia, un beso, una caricia, una promesa que el viento se llevó— y los elevo a la categoría de tesoros.
Finalmente, todo esto queda abrazado por el gran hilo conductor de la existencia: el paso del tiempo. El tiempo que todo lo cura, pero que también todo lo desgasta. Esa corriente invisible que me arrastra y que me convierte, casi sin darme cuenta, en el espectador de mi propia historia.
Mañana ya son recuerdos no es un libro para leer de prisa. Es un refugio. Es un texto para abrir al azar en una noche de insomnio y encontrar, en mis versos, las palabras exactas que yo no supe encontrar para mi propio alivio.
Te invito a perderte en mis/sus páginas, a dejarte conmover y, sobre todo, a recordar. Porque mientras seamos capaces de sentir el eco de lo que perdimos, seguiremos estando profundamente vivos.
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