

La Capilla de Santa María la Antigua de la Corticela, situada dentro de la Catedral de Santiago de Compostela, es uno de los templos más antiguos de la ciudad y, de hecho, es anterior a la propia catedral románica. Su origen se remonta a los siglos IX-X, cuando servía como iglesia de una pequeña comunidad de monjes encargados de custodiar el sepulcro del apóstol Santiago.
Con la construcción de la gran catedral en el siglo XII, la Corticela quedó integrada físicamente en el conjunto catedralicio, aunque mantuvo su identidad como iglesia independiente. Su portada románica, con un magnífico tímpano de la Epifanía (la adoración de los Reyes Magos), es una de sus joyas artísticas.
Desde 1527 pasó a ser la parroquia de los peregrinos extranjeros, donde sacerdotes especializados atendían y confesaban a los caminantes en distintos idiomas. Aún hoy conserva ese carácter singular: sigue siendo una parroquia propia dentro de la Catedral de Santiago y es un lugar muy apreciado tanto por peregrinos como por los compostelanos.
Naces sola, recinto monacal de piedra, en aquella remota época en la que los hombres aman el silencio y hablan de lo que sienten. Sin embargo, tu estrella jamás permanece sola. Para mí, santa de versos dorados, eres posada y molino en el viejo camino de la fe.
Aunque aún no haya recorrido todo el trayecto de la vida, pero sí gran parte, vivo en permanente cambio; aun así, sigo levantando cada día mi obstinada e inquieta sombra. No recuerdo la primera vez. Solo sé que, desde entonces, mis ojos marrones, incluso cerrados, contemplan tu pequeña y querida imagen. Tus muros conocen bien mi presencia y reconocen siempre mi voz, en el mismo rincón oscuro y silencioso de mi fe.
Allí te hablo de las dudas de los hombres, de las mías, de las locuras de la infancia, del cansancio de un alma desgastada por la inquietud y de los remolinos que llenan mi espíritu en un vaivén agotador. Allí conversamos despacio, con calma, sobre el futuro de un hombre que ha sobrepasado la madurez de su vida y que todavía no ha encontrado un rumbo sereno.
También hablamos del silencioso árbol que crece sin desfallecer en mi interior, extendiendo sus ramas hacia un destino frágil y vulnerable. Y sobre ese extraño viento amarillo que silba en mis heladas sienes cada vez que una flor de tu rostro derrama su aroma sobre mi alma.
Tengo los ojos acostumbrados a tu abundante luz, cuna de una fe rebosante. Tengo el tiempo rendido a tu claro temblor; tengo el pecho abierto y lleno de pequeños fragmentos hirientes que esperan sanar. Por eso regreso a ti de vez en cuando. Para que, aterido por el frío de la ciudad, calientes mi alma con la cascada de tu mirada limpia. Y te contemplo, y te rezo, apoyando mi cabeza en la ribera de tu canto de luz; siempre esperando que tu música apacigüe los latigazos que ha recibido mi corazón. Junto a ti, el tiempo no transcurre para un hombre lleno de sueños iluminados por la luna en esta venturosa isla de creencias.
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